Para Stacy Funderburke elegir su encuentro favorito con fauna silvestre en el pantano de Okefenokee, en Georgia, no resulta tan sencillo. “¿Pueden ser tres?”, me contrapregunta. Stacy es vicepresidente regional de Conservation Fund y ha visitado Okefenokee, el pantano de aguas negras más grande de los Estados Unidos, cada año durante los últimos veinte. En la mayoría de esas excursiones, sus hijas gemelas han estado a cargo de remar la canoa.
“La primera vez que fuimos juntos, un guardaparques les pidió a las chicas que contaran la cantidad de caimanes que vieran durante el recorrido. Tenían cinco o seis años, así que se lo tomaron con mucha seriedad”, recuerda. Al final, el número llegó a sesenta y tres. Cuando se lo contaron a su madre por teléfono, lo primero que dijo fue: ‘por favor pásenme con su papá’”, cuenta entre risas. “Ahora es diferente; apenas nos damos cuenta cuando un caimán golpea el bote”.
Algunos polluelos de búho chillón se asoman desde su hogar dentro de un árbol. Foto: Larry A. Woodward | USFWS.
Al acampar en plataformas a dieciséis kilómetros de cualquier carretera, han tenido encuentros cercanos con todo tipo de serpientes, ranas extrañas y grullas enormes. Una vez incluso apareció un búho, invocado por el ululato de una de sus hijas. “Hubo un año en el que llegó una ola de frío, por lo que tuvimos que romper el hielo para entrar en el canal”, relata Funderburke. “Como había bajado la temperatura, los caimanes también estaban dentro, por lo que las nutrias salieron de sus refugios. Nadaban alrededor de nuestras canoas, jugando y chapoteando. Las chicas gritaban de alegría. Una nutria entró a su madriguera y salió con un pescado. Luego se sentó en la orilla, tan cerca que pensamos que nos ofrecería un bocado de su cena”.
Durante los últimos seis años, Funderburke ha trabajado muy duro para asegurarse de que todos puedan seguir disfrutando de momentos tan inolvidables como ese. En junio de 2025, junto a una coalición liderada por el Centro Jurídico Ambiental del Sur, consiguió una gran victoria. El Conservation Fund compró casi 3.200 hectáreas en las afueras del Refugio Nacional de Vida Silvestre Okefenokee, incluidas 240 en una colina sobre un pantano que una empresa dedicada a la minería de titanio planeaba explotar. La organización ahora es propietaria tanto del terreno como de los derechos mineros sobre él, por lo que ya no se construirá ninguna mina ahí. El pantano contribuye, y seguirá contribuyendo, con más de noventa millones de dólares anuales a la economía local a través del turismo. Además, el bloqueo de la mina mejora las posibilidades de Okefenokee de convertirse en Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.
Con la compra de casi 3.200 hectáreas en las afueras del Refugio Nacional de Vida Silvestre Okefenokee, el área ahora se encuentra protegida del impacto de una mina de titanio. Foto: Gregory Miller.
“La respuesta ha sido abrumadoramente positiva”, afirmó Bill Sapp, uno de los fundadores de la Alianza para la Protección de Okefenokee; se trata de una coalición de más de cuarenta organizaciones liderada en parte por Georgia Rivers, beneficiaria del programa de Donaciones Ambientales de Patagonia. “Incluso aquellos que no han visitado el pantano abogan por su protección”, añadió, señalando que, en el momento más importante de la campaña, la alianza contó con cincuenta y dos grupos miembros, que a su vez sumaron un total de cinco millones de personas. “Aun así, no hubiésemos tenido éxito cerrando el acuerdo sin la intervención de Conservation Fund”, opina Sapp.
“Pienso lo mismo con respecto a ustedes, Bill”, afirmó Funderburke en una llamada conjunta. “Sin el apoyo tan amplio que nos brindaron, no sé cómo habríamos conseguido el tiempo o el dinero que necesitábamos”.
La garza blanca, un ave alta y elegante que suele encontrarse en los humedales del sur, estuvo a punto de extinguirse en los Estados Unidos producto a la alta demanda de sus plumas para la fabricación de sombreros. Gracias a los esfuerzos de conservación realizados de manera oportuna, esta especie logró recuperarse y más tarde se convirtió en símbolo de la Sociedad Nacional Audubon. Foto: David Banks.
Los activistas tenían un par alternativas para proteger este parque ya consolidado de las amenazas cercanas. Podían optar por la vía legislativa, sin embargo, esto podría haberse prolongado por una o dos generaciones más. También podían presentar una demanda en virtud de la Ley de Especies en Peligro de Extinción. El Refugio Nacional de Vida Silvestre Okefenokee es el hogar del pájaro carpintero de cresta roja, una especie que se encuentra amenazada por lo que esta acción pudo haber funcionado. No obstante, en Georgia, al igual que en otros lugares, las personas valoran mucho los derechos de propiedad privada, por lo que tal vez ninguno de estos enfoques hubiese funcionado. Ofrecer un buen precio de compra a los propietarios de los terrenos fue algo que dejó a todos contentos. Por supuesto, no todo el mundo cuenta con sesenta millones de dólares en su bolsillo.
“Debo decir que fue aquí donde Holdfast Collective nos tendió la mano”, cuenta Funderburke, refiriéndose a la organización sin fines de lucro que es propietaria de Patagonia. “El hecho de que nos hicieran una donación generó rápidamente en otros la confianza para que siguieran su ejemplo”. La Fundación James M. Cox también desempeñó un papel importante.
Cada año, Patagonia entrega un dividendo a Holdfast Collective para que este pueda ofrecer subvenciones a causas ambientales. Greg Curtis, su director ejecutivo, dice que lo que ocurrió con Okefenokee es el claro ejemplo de la forma en la que espera que la organización actúe siempre. “Los grupos y coaliciones que están en la primera línea son los que llevan a cabo el trabajo real. Nuestra esperanza es poder proporcionarles el financiamiento inicial o un pequeño extra que les ayude a cumplir sus objetivos”. Esta vez, cumplimos con eso.
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Puedes preguntar sobre aquellas que apoyamos en cualquiera de nuestras tiendas o en Patagonia.com
Perfil del Autor
Brad Wieners
Brad es el director editorial de Patagonia.